Si observas la física moderna, se parece a entrar en la cabina de un enorme avión. Ante nosotros hay un panel de instrumentos ajustado a valores concretos. Los científicos notaron algo extraño: si mueves cualquiera de esas palancas aunque sea un milímetro, el «avión» llamado Universo simplemente se desintegra en el aire.
A esto se le llama ajuste fino. Examinemos las principales «perillas» de este panel de control.
Imagina que el Universo es una masa con pasas que se hornea en un horno.
¿Cuál es la clave?
Si hay un poco más de «levadura», el Universo se expande tan rápido que los átomos ni siquiera tienen tiempo de encontrarse. Solo queda el vacío. Si la gravedad es demasiado fuerte, todo se colapsa de nuevo en un punto antes de que se enciendan las estrellas. Vivimos en un equilibrio perfecto: el Universo se expande justo a la velocidad necesaria para que las estrellas nazcan y vivan miles de millones de años.
Dentro de cada átomo hay un «pegamento nuclear» (la interacción fuerte). Mantiene unidas las partículas.
Estamos hechos de carbono. El carbono nace dentro de las estrellas cuando tres partículas de helio chocan casi simultáneamente. La probabilidad de que choquen y se «peguen» exactamente así es microscópica. Es como si lanzaras tres dados y cayeran uno sobre otro, formando una torre perfecta.
En el núcleo del carbono hay un «nivel de energía» especial que actúa como un imán para esas partículas. Si ese nivel fuera un poco más alto o más bajo, no habría carbono en el Universo. Y eso significaría que no existiríamos nosotros.
El protón (partícula positiva) y el neutrón (neutro) tienen casi la misma masa. Pero el neutrón es un poquito más pesado.
La fuerza con la que un electrón es atraído hacia el núcleo del átomo determina toda la química. Si esa fuerza cambia:
Todos los elementos del Universo —en particular las partículas y las más diversas combinaciones de partículas (estrellas, galaxias y cualquier otra estructura)— están organizados con una complejidad extraordinaria. Su comportamiento se describe mediante leyes estrictas. Es precisamente este conjunto de reglas coordinadas lo que permite que todos los niveles del sistema interactúen entre sí «de la manera correcta», sin que el conjunto se desmorone.
Los átomos y las partículas aún más pequeñas tienen características determinadas y definidas con precisión, sin las cuales su interacción no formaría un cuadro estable. Si suponemos que todo esto surgió «por azar» a partir de alguna sustancia primordial, quedan pocas salidas lógicas: o bien los propios «ladrillos» de esa sustancia debían poseer propiedades comparables (y entonces la pregunta solo se desplaza un paso atrás), o hay que hablar de la aparición aleatoria de un enorme número de partículas con los mismos parámetros, y desde el punto de vista de la probabilidad tal hipótesis es sencillamente inverosímil.
El carácter sistemático, la diversidad y la alta precisión de estas leyes, junto con la complejidad de los propios objetos, encajan mal con la idea de que todo surgió por sí mismo o por pura casualidad.
El caos puede producir algo efímero que engañosamente recuerda al orden; pero el caos no crea un sistema íntegro, estable y verdaderamente pensado. Todo esto indica que tal sistema debe tener un Arquitecto, que lo creó según un designio concreto y con un propósito concreto.