Doctrinas adventistas

Las 28 creencias fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día

1.Las Sagradas Escrituras

Las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios, entregada por escrito por inspiración divina a través de santos hombres de Dios que hablaron y escribieron impulsados por el Espíritu Santo. Mediante esta Palabra, Dios transmitió al ser humano el conocimiento necesario para la salvación. Las Sagradas Escrituras son la revelación infalible de Su voluntad. Son la norma del carácter, la prueba de la experiencia, la exposición autorizada de las doctrinas y el testimonio fidedigno de los actos de Dios en la historia de nuestro mundo.

2 Петр. 1:20-21; 2 Тим. 3:16-17; Пс. 118:105; Ин. 10:35; Ин. 17:17; 1 Фес. 2:13; Евр. 4:12

2.La Trinidad

Hay un solo Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una unidad de tres Personas coeternas. Dios es inmortal, todopoderoso, omnisciente, superior a todo y omnipresente. Es infinito y sobrepasa la comprensión humana, pero es conocido mediante Su revelación de Sí mismo. Es digno para siempre de la adoración, la honra y el servicio de toda la creación.

Втор. 6:4; Втор. 29:29; Мф. 28:19; 2 Кор. 13:13; Еф. 4:4-6; 1 Петр. 1:2; 1 Тим. 1:17; Откр. 14:6-7

4.El Hijo

Dios el Hijo eterno se encarnó en Jesucristo. Por medio de Él todo fue creado, se reveló el carácter de Dios, se llevó a cabo la salvación de la humanidad y se juzga al mundo. Siendo para siempre verdaderamente Dios, llegó a ser también verdaderamente humano, Jesucristo. Fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María. Vivió y experimentó la tentación como ser humano, pero manifestó el ejemplo perfecto de la justicia y el amor de Dios. Los milagros que realizó fueron manifestaciones del poder de Dios y testimonio de que Él era verdaderamente Dios, el Mesías prometido. Sufrió y murió voluntariamente en la cruz por nuestros pecados, ocupando nuestro lugar. Resucitado de entre los muertos, ascendió para ministrar en el santuario celestial en favor nuestro. Vendrá otra vez en gloria para la liberación final de Su pueblo y para restaurarlo todo de nuevo.

Ин. 1:1-3; Ин. 14; Ин. 5:22; Кол. 1:15-19; Ин. 10:30; Ин. 14:9; Рим. 5:18; Рим. 6:23; 2 Кор. 5:17-21; Лк. 1:35; Флп. 2:5-11; 1 Кор. 15:3-4; Евр. 2:9-18; Евр. 4:15; Евр. 7:25; Евр. 9:1,2; Евр. 9:28; Ин. 14:1-3; 1 Петр. 2:21; Откр. 22:20

5.El Espíritu Santo

Dios el Espíritu eterno actuó junto con el Padre y el Hijo en la creación, la encarnación y la redención. Inspiró a los escritores de las Escrituras. Llenó de poder la vida de Cristo en la tierra. Atrae y convence a los seres humanos; y a quienes responden, los renueva y recrea a imagen de Dios. Enviado por el Padre y el Hijo para estar siempre con Sus hijos, concede dones espirituales a la iglesia, la fortalece en su testimonio de Cristo y, en armonía con las Escrituras, guía a las personas a toda la verdad.

Быт. 1:1-2; Лк. 1:35; 2 Петр. 1:21; Лк. 4:18; Деян. 10:38; 2 Кор. 3:18; Еф. 4:11-12; Деян. 1:8; Ин. 14:16-18,26; Ин. 15:26,27; Ин. 16:7-13; Рим. 1:1-4

6.La Creación

Dios es el Creador de todas las cosas, y en la Biblia ha dado un relato auténtico de Su actividad creadora. “En seis días hizo el Señor los cielos y la tierra” y todo lo que vive en ella, y reposó en el séptimo día de aquella primera semana. Así estableció el sábado como memorial perpetuo de Su obra creadora terminada. El primer hombre y la primera mujer, como corona de la creación, fueron hechos a imagen de Dios, con dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidarlo. Al concluir, el mundo era, como se declara, “bueno en gran manera”, y su perfección daba testimonio de la gloria de Dios.

Быт. 1:2; Исх. 20:8-11; Пс. 1:1-6; Пс. 32:6,9; Пс. 103; Евр. 11:3; Ин. 1:1-3; Кол. 1:16-17

7.La naturaleza del ser humano

El hombre y la mujer fueron hechos a imagen de Dios como seres dotados de individualidad, y con el poder y la libertad de pensar y actuar. Cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y alma; y aunque fueron creados como seres libres, su vida, su aliento y todo lo demás dependen de Dios. Al desobedecer a Dios, nuestros primeros padres negaron así su dependencia de Él y perdieron la elevada posición que ocupaban delante de Él. La imagen de Dios en ellos quedó distorsionada, y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes heredan esta naturaleza caída y sus consecuencias. Nacen con debilidades e inclinaciones hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió consigo al mundo y por Su Espíritu restaura en los mortales arrepentidos la imagen de su Creador. Creados para la gloria de Dios, son llamados a amarlo a Él y a amarse unos a otros y a cuidar de su entorno.

Быт. 1:26-28; Быт. 2:7; Пс. 8:4-6; Деян. 17:24-28; Быт. 3; Пс. 50:3; Рим. 5:12-17; 2 Кор. 5:19-20

8.El gran conflicto

El gran conflicto entre Cristo y Satanás en cuanto al carácter de Dios, Su ley y Su soberanía sobre el universo comenzó en el cielo, cuando un ser creado, dotado de libre albedrío, en su autoexaltación llegó a ser Satanás, el adversario de Dios, y arrastró a una parte de los ángeles a la rebelión. Satanás introdujo el espíritu de rebelión en nuestro mundo al inducir a Adán y Eva al pecado. Como resultado de este pecado humano, la imagen de Dios quedó distorsionada en la humanidad, el mundo creado perdió su orden y fue devastado por un diluvio universal. A la vista de toda la creación, este mundo se convirtió en el escenario del conflicto universal, en cuyo desenlace el Dios de amor quedará finalmente vindicado. Para ayudar a Su pueblo en este conflicto, Cristo envía al Espíritu Santo y a los ángeles fieles para guiarlo, protegerlo y sostenerlo en el camino de la salvación.

Откр. 12:4-9; Ис. 14:12-14; Иез. 28:12-18; Быт. 3; Быт. 6:8; 2 Петр. 3:6; Рим. 1:19-32; Рим. 51221; Рим. 8:19-21; Евр. 1:4-14; 1 Кор. 4:9

9.La vida, muerte y resurrección de Cristo

La vida de Cristo en perfecta obediencia a la voluntad de Dios, Su sufrimiento, muerte y resurrección fueron el único medio de Dios para expiar el pecado humano, de modo que todos los que por la fe aceptan esta expiación tengan vida eterna y toda la creación pueda comprender mejor el amor infinito y santo del Creador. Esta expiación perfecta vindica la justicia de la ley de Dios y la bondad de Su carácter, pues a la vez condena nuestro pecado y provee nuestro perdón. La muerte de Cristo es sustitutiva, redentora, reconciliadora y transformadora. Su resurrección proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal, y a quienes aceptan la expiación les asegura su victoria final sobre el pecado y la muerte. Declara el señorío de Jesucristo, ante quien se doblará toda rodilla en el cielo y en la tierra.

Ин. 3:16; Ис. 53; 2 Кор. 5:14-15; 2 Кор. 1:9-21; Рим. 1:4; Рим. 3:25; Рим. 4:25; Рим. 8:3-4; Флп. 2:6-11; 1 Ин. 2:2; 1 Ин. 4:10; Кол. 2:15

10.La salvación en Cristo

En Su infinito amor y misericordia, Dios hizo que Cristo, que no conoció pecado, cargara sobre Sí nuestros pecados por nosotros, para que en Él fuéramos hechos justicia de Dios. Bajo la influencia del Espíritu Santo reconocemos nuestra necesidad, admitimos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como Aquel que ocupó nuestro lugar y nos dejó ejemplo. La fe por la cual recibimos la salvación nos llega mediante el poder divino de Su Palabra y es un don de la gracia de Dios. Por medio de Cristo somos justificados y aceptados por Dios como Sus hijos e hijas y librados del dominio del pecado. Mediante la acción del Espíritu somos regenerados y santificados; el Espíritu renueva nuestra mente, escribe en las tablas de nuestro corazón la ley de amor de Dios y nos da poder para vivir una vida santa. Permaneciendo en Él, llegamos a ser participantes de la naturaleza divina y tenemos la seguridad de la salvación tanto ahora como en el juicio.

Пс. 26:1; Ис. 12:2; Ис. 2:9; Ин. 3:16; 2 Кор. 5:17-21; Гал. 2:19,20; Гал. 3:13; Гал. 4:4-7; Рим. 3:24-26; Рим. 4:25; Рим. 5:6-10; Рим. 8:1-4; Рим. 14152627; Рим. 10:7; 1 Кор. 2:5; 1 Кор. 15:3-4; 1 Тим. 1:9; 1 Ин. 2:1-2; Еф. 2:5-10; Еф. 3:16-19; Гал. 3:26; Ин. 3:3-8; Мф. 18:3; 1 Петр. 2:21; Евр. 8:7-12

11.El crecimiento en Cristo

Por Su muerte en la cruz, Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal. Aquel que sometió a los espíritus demoníacos durante Su ministerio terrenal quebrantó su poder e hizo segura su ruina final. La victoria de Jesús nos da victoria sobre esas fuerzas que aún procuran dominarnos, mientras caminamos con Él en paz, gozo y seguridad de Su amor. Ahora el Espíritu Santo mora en nosotros y nos da poder. Comprometidos de continuo con Jesús como nuestro Salvador y Señor, quedamos libres de la carga de nuestros actos pasados. Ya no vivimos en la oscuridad, el temor a los poderes del mal, la ignorancia y la falta de sentido que acompañaban nuestra vida anterior. En esta nueva libertad en Cristo, somos llamados a desarrollar nuestro carácter a semejanza del Suyo, comulgando con Él cada día en oración, alimentándonos de Su Palabra, meditando en ella y en Su providencia, alabándolo, reuniéndonos para el culto y participando en la misión de la Iglesia. Al entregar nuestro amor en servicio a quienes nos rodean y dar testimonio de Su salvación, la presencia constante de Dios mediante el Espíritu Santo transforma cada momento de nuestra vida y cada tarea en una experiencia espiritual.

Пс. 1:1-2; Пс. 22:4; Пс. 76:12-13; Кол. 1:13-14; Кол. 2:6,14-15; Лк. 10:17-20; Еф. 5:19-20; Еф. 6:12-18; 1 Фес. 5:23; 2 Петр. 2:9; 2 Петр. 3:18; 2 Кор. 3:17-18; Флп. 3:7-14; 1 Фес. 5:16-18; Мф. 20:25-28; Ин. 20:21; Гал. 5:22-25; Рим. 8:38-39; 1 Ин. 4:4; Евр. 10:25

12.La Iglesia

La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador. Como el pueblo de Dios en los tiempos del Antiguo Testamento, somos llamados a salir del mundo; y nos unimos para el culto, para la comunión, para la instrucción en la Palabra, para la celebración de la Cena del Señor, para el servicio a toda la humanidad y para la proclamación mundial del evangelio. La iglesia deriva su autoridad espiritual de Cristo, que es el Verbo encarnado, y de las Escrituras, que son la Palabra escrita. La iglesia es la familia de Dios; adoptados por Él como hijos, sus miembros viven sobre la base del nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, una comunidad de fe cuya Cabeza es Cristo mismo. La iglesia es la esposa por la cual Cristo murió para santificarla y limpiarla. En Su glorioso regreso la presentará para Sí como una iglesia gloriosa, fiel a través de todas las edades, redimida por Su sangre, sin mancha ni arruga, santa e irreprensible.

Быт. 12:3; Деян. 7:38; Мф. 21:43; Мф. 16:13-20; Ин. 20:21-22; Деян. 1:8; Рим. 8:15-17; 1 Кор. 12:13-27; Еф. 1:15-23; Еф. 2:12; Еф. 3:8-11; Еф. 15; Еф. 4:11-15

13.El remanente y su misión

La iglesia universal se compone de todos los que verdaderamente creen en Cristo. Pero en los últimos días, tiempo de apostasía generalizada, ha sido llamado un remanente para guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y anuncia la proximidad de Su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide en el tiempo con la obra del juicio en el cielo y da como resultado una obra de arrepentimiento y reforma en la tierra. Cada creyente es llamado a tener parte personal en este testimonio mundial.

Мк. 16:15; Мф. 28:18-20; Мф. 24:14; 2 Кор. 5:10; Откр. 12:17; Откр. 14:6-12; Откр. 18:1-4; Еф. 5:22-27; Откр. 21:1-14

14.La unidad en el cuerpo de Cristo

La iglesia es un cuerpo con muchos miembros, llamados de toda nación, tribu, lengua y pueblo. En Cristo somos una nueva creación; las distinciones de raza, cultura, educación y nacionalidad, y las diferencias entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres, no deben causar divisiones entre nosotros. Todos somos iguales en Cristo, quien por un solo Espíritu nos ha unido en una sola comunión con Él y unos con otros; hemos de servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Mediante la revelación de Jesucristo en las Escrituras compartimos la misma fe y esperanza, y el mismo anhelo de servir a toda la humanidad. La fuente de esta unidad se halla en el Dios trino, que nos ha adoptado como Sus hijos.

Пс. 132:1; 1 Кор. 12:12-14; Деян. 17:26-27; 2 Кор. 5:16,17; Гал. 3:27-29; Кол. 3:10-15; Еф. 4:1-6; Ин. 17:20-23; Иак. 2:2-9; 1 Ин. 5:1

15.El bautismo

Mediante el bautismo confesamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida. Así reconocemos a Cristo como Señor y Salvador, llegamos a ser Su pueblo y somos recibidos como miembros por Su iglesia. El bautismo es símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestra recepción del Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua y está supeditado a una confesión de fe en Jesús y a la evidencia de arrepentimiento del pecado. Va precedido de la instrucción en las Sagradas Escrituras y de la aceptación de sus enseñanzas.

Мф. 3:13-16; Мф. 28:19-20; Деян. 2:38; Деян. 16:30-33; Деян. 22:16; Рим. 6:1-6; Гал. 3:27; 1 Кор. 12:13; Кол. 2:12-13; 1 Петр. 3:21

16.La Cena del Señor

La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la sangre de Jesús, como expresión de fe en Él, nuestro Señor y Salvador. En esta experiencia de comunión, Cristo está presente para encontrarse con Su pueblo y fortalecerlo. Al participar, proclamamos con gozo la muerte del Señor hasta que Él venga otra vez. La preparación para la Cena incluye el examen propio, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro instituyó el servicio del lavamiento de los pies para significar una purificación renovada, para expresar la disposición a servirnos unos a otros con humildad semejante a la de Cristo y para unir nuestros corazones en amor. El servicio de comunión está abierto a la participación de todos los cristianos creyentes.

Мф. 26:17-30; 1 Кор. 11:23-30; 1 Кор. 10:16,17; Ин. 6:48-63; Откр. 3:20; Ин. 13:1-17

17.Los dones y ministerios espirituales

Dios concede a todos los miembros de Su iglesia, en cada época, dones espirituales que cada miembro ha de emplear en un ministerio de amor para el bien común de la iglesia y de la humanidad. Otorgados mediante el Espíritu Santo, que los reparte a cada miembro según Su voluntad, los dones proveen todas las capacidades y ministerios que la iglesia necesita para cumplir las funciones que Dios le ha señalado. Según las Escrituras, estos dones, al satisfacer las necesidades de la iglesia, se manifiestan en fe, sanidad, profecía, proclamación, enseñanza, administración, reconciliación, consuelo y servicio abnegado y caritativo para ayudar y animar a las personas. Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para funciones reconocidas por la iglesia en el ministerio pastoral, evangelístico, apostólico y docente, a fin de preparar a los miembros para el servicio, edificar a la iglesia hasta la madurez espiritual y fomentar la unidad de la fe y del conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales como fieles administradores de la multiforme gracia de Dios, la iglesia queda protegida de la influencia destructora de las falsas doctrinas, crece en Dios y es edificada en fe y amor.

Рим. 12:4-8; 1 Кор. 12:9-11; 1 Кор. 2728; Евр. 4:8; 2 Кор. 5:14-21; Деян. 6:1-7; 1 Тим. 2:1-3; 1 Петр. 4:10-11; Кол. 2:19; Мф. 25:31-36

18.El don de profecía

La profecía es uno de los dones del Espíritu Santo. Este don es una señal distintiva de la iglesia remanente. Se manifestó en el ministerio de Elena G. de White, mensajera del Señor, cuyos escritos siguen siendo una fuente autorizada de verdad y proporcionan a la iglesia consuelo, guía, instrucción y corrección. Esos escritos también dejan en claro que la Biblia es la norma por la cual debe probarse toda enseñanza y toda experiencia.

Деян. 2:14-21; Евр. 1:1-3; Откр. 12:17; Откр. 19:10

19.La ley de Dios

Los grandes principios de la ley de Dios están incorporados en los Diez Mandamientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la voluntad y los propósitos de Dios en cuanto a la conducta y las relaciones humanas, y son obligatorios para todas las personas en todas las épocas. Estos preceptos son la base del pacto de Dios con Su pueblo y la norma en el juicio de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo señalan el pecado y despiertan el sentido de la necesidad de un Salvador. La salvación es enteramente por gracia y no por obras, pero su fruto es la obediencia a los mandamientos. Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y produce una sensación de bienestar. Es evidencia de nuestro amor al Señor y de nuestro interés por el prójimo. La obediencia de la fe demuestra el poder de Cristo para transformar vidas y, por lo tanto, fortalece el testimonio cristiano.

Исх. 20:1-17; Мф. 5:17; Втор. 28:1-14; Пс. 18:7-13; Ин. 14:5; Рим. 8:1-4; 1 Ин. 5:3; Мф. 22:36-40; Еф. 2:8

20.El sábado

El bondadoso Creador, después de los seis días de la creación, reposó el séptimo día e instituyó el sábado para todos los seres humanos como memorial de la creación. El cuarto mandamiento de la ley inmutable de Dios requiere la observancia de este sábado, el séptimo día, como día de reposo, adoración y ministerio, en armonía con la enseñanza y la práctica de Jesús, el Señor del sábado. El sábado es un día de deleitosa comunión con Dios y unos con otros. Es símbolo de nuestra redención en Cristo, señal de nuestra santificación, muestra de nuestra lealtad y anticipo de nuestro futuro eterno en el reino de Dios. El sábado es la señal perpetua de Dios de Su pacto eterno entre Él y Su pueblo. La observancia gozosa de este tiempo santo, de tarde a tarde, de puesta a puesta de sol, es una celebración de los actos creadores y redentores de Dios.

Быт. 2:1-3; Исх. 20:8-11; Исх. 31:12-17; Лк. 4:16; Евр. 4:1-11; Втор. 5:12-15; Ис. 56:5-6; Ис. 58:13-14; Лев. 23:32; Мк. 2:27-28

21.La mayordomía

Somos mayordomos de Dios, a quienes Él ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos. Somos responsables ante Él por su uso adecuado. Reconocemos que Dios es dueño de todo mediante el servicio fiel a Él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diezmos y la entrega de ofrendas para la proclamación del evangelio y para el sostén y el crecimiento de Su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios nos da para nutrirnos en el amor y vencer el egoísmo y la codicia. El mayordomo se regocija por las bendiciones que reciben otros como resultado de su fidelidad.

Быт. 1:26-28; Быт. 2:15; Быт. 1:3-11; Мал. 3:8-12; Мф. 23:23; 1 Кор. 9:9-14

22.La conducta cristiana

Somos llamados a ser un pueblo piadoso que piensa, siente y actúa en armonía con los principios del cielo. Para que el Espíritu recree en nosotros el carácter de nuestro Señor, nos ocupamos únicamente de aquello que puede producir en nuestra vida pureza, salud y gozo semejantes a los de Cristo. Esto significa que nuestras diversiones y entretenimientos deben responder a las más altas normas del gusto y la belleza cristianos. Aun reconociendo las diferencias culturales, nuestra vestimenta ha de ser sencilla, modesta y pulcra, propia de quienes tienen su verdadera belleza no en el adorno exterior, sino en el ornato incorruptible de un espíritu afable y apacible. También significa que, por ser nuestro cuerpo templo del Espíritu Santo, hemos de cuidarlo inteligentemente. Junto con el ejercicio y el descanso adecuados, hemos de adoptar el régimen alimentario más saludable posible y abstenernos de los alimentos que las Escrituras señalan como inmundos. Dado que las bebidas alcohólicas, el tabaco y el uso irresponsable de estimulantes y narcóticos son perjudiciales para nuestro cuerpo, también hemos de abstenernos de ellos. En cambio, hemos de dedicarnos a todo aquello que somete nuestros pensamientos y todo nuestro ser a la obediencia de Cristo, que desea que seamos sanos, gozosos y felices.

1 Ин. 2:6; Еф. 5:1-13; Рим. 12:12; 1 Кор. 6:19,20; 1 Кор. 10:31; 1 Тим. 2:9-10; Лев. 11:1-47; 2 Кор. 7:1; 1 Петр. 3:1-4; 2 Кор. 10:5; Флп. 4:8

23.El matrimonio y la familia

El matrimonio fue instituido divinamente en el Edén y confirmado por Cristo como una unión de por vida entre un hombre y una mujer para su mutua compañía y amor. Para el cristiano, el compromiso matrimonial es tanto con Dios como con el cónyuge, y lo contraen quienes están unidos en la fe. El amor, la honra, el respeto y la responsabilidad mutuos constituyen el tejido de esta relación, que ha de reflejar el amor, la santidad, la intimidad y la permanencia de la relación entre Cristo y Su iglesia. Respecto al divorcio, Cristo enseñó que quien se divorcia de su cónyuge, salvo por fornicación, y se casa con otro, comete adulterio. Aunque algunas relaciones familiares disten del ideal, los cónyuges que se entregan plenamente el uno al otro en Cristo pueden alcanzar una unión de amor mediante la dirección del Espíritu y la crianza de la iglesia. Dios bendice a la familia y quiere que sus miembros se ayuden mutuamente a alcanzar la plena madurez. Se espera que los padres críen a sus hijos en el amor y la obediencia al Señor. Con su ejemplo y sus palabras, los padres les enseñan que Cristo es un guía amoroso, tierno y cuidadoso, que desea verlos como miembros de la familia de Dios. La creciente unión de los miembros de la familia es una de las señales distintivas del mensaje final del evangelio.

Быт. 2:18-25; Втор. 6:5-9; Ин. 2:1-11; Еф. 5:21-33; Мф. 5:31,32; Мф. 19:3-9; Притч. 22:6; Еф. 6:1-4; Мал. 4:5,6; Мк. 10:11,12; Лк. 16:18; 1 Кор. 7:10,11

24.El ministerio de Cristo en el santuario celestial

Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre. En él Cristo ministra a nuestro favor, poniendo a disposición de los creyentes los beneficios de Su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. En Su ascensión fue inaugurado como nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó Su ministerio de intercesión. En 1844, al terminar el período profético de los 2300 días, entró en la segunda y última fase de Su ministerio expiatorio. Consiste en un juicio investigador cuyo propósito es la eliminación final de todo pecado, prefigurado por la purificación del antiguo santuario en el Día de la Expiación. En aquel servicio típico el santuario se purificaba con la sangre de animales sacrificados, pero las cosas celestiales se purifican con el sacrificio perfecto de la sangre de Jesús. Mediante el juicio investigador los habitantes del cielo ven quiénes, entre los muertos en la tierra, han dormido en Cristo y son, por lo tanto, considerados dignos de tener parte en la primera resurrección. También pone de manifiesto quiénes, entre los vivos, permanecen en Cristo, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús y, en Él, están listos para la traslación a Su reino eterno. Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Cristo. Determina quiénes, habiendo permanecido leales a Dios, entrarán en el reino celestial. Y cuando concluya el ministerio de Cristo, terminará junto con él el tiempo de prueba para la humanidad antes del segundo advenimiento.

Евр. 1:3; Евр. 8:1-5; Евр. 9:11-28; Дан. 7:9-27; Дан. 8:13,14; Дан. 9:24-27; Числ. 14:34; Иез. 4:6; Мал. 3:1; Лев. 16; Откр. 14:12; Откр. 22:12

25.La segunda venida de Cristo

La segunda venida de Cristo es la esperanza bienaventurada de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando Él regrese, los justos muertos resucitarán y, junto con los justos vivos, serán glorificados y arrebatados al cielo, mientras que los injustos morirán. El cumplimiento casi total de la mayoría de las líneas proféticas, junto con la condición actual del mundo, indica que la venida de Cristo está cerca. El tiempo de ese acontecimiento no ha sido revelado, y por eso se nos exhorta a estar siempre preparados.

Ин. 14:1-3; Деян. 1:8-11; 1 Фес. 4:16-17; 1 Кор. 15:51-54; 2 Фес. 2:8; Мф. 24; Мк. 13; Лк. 21; 2 Тим. 3:1-5; 2 Тим. 3:9-16; Евр. 9:28

26.La muerte y la resurrección

La paga del pecado es muerte, pero Dios, que es el único que tiene inmortalidad, otorgará vida eterna a Sus redimidos. Hasta ese día la muerte es un estado inconsciente para todos los que mueren. Cuando aparezca Cristo, que es nuestra vida, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados y arrebatados para recibir a su Señor. La segunda resurrección, la de los injustos, tendrá lugar mil años después.

1 Тим. 6:15,16; Рим. 6:23; 1 Кор. 15:51-54; Еккл. 9:5-6; Пс. 145:4; 1 Фес. 4:13-17; Рим. 8:35-39; Ин. 5:28,29; Откр. 20:1-10; Ин. 5:24

27.El milenio y el fin del pecado

El milenio es el período intermedio entre la primera y la segunda resurrección, durante el cual Cristo y Sus santos redimidos están en el cielo. Durante ese tiempo se juzga a los que murieron sin arrepentirse de sus pecados. En la tierra, que queda sin habitantes vivos, estarán Satanás y sus ángeles. Al término de ese tiempo, Cristo descenderá del cielo con los redimidos, y la ciudad santa descenderá a la tierra. Luego tendrá lugar la segunda resurrección, la de todos los que hicieron el mal. Compartirán la suerte de Satanás y sus ángeles en una lucha final e inútil contra el bien. Así el universo quedará libre para siempre del pecado y de los pecadores.

Откр. 20; Зах. 14:1-4; Мал. 4:1; Иер. 4:23-26; 1 Кор. 6:2; 2 Петр. 2:4; Иез. 2828:18; 2 Фес. 1:7-9; Откр. 19:17,18,21

28.La tierra nueva

En la tierra nueva, morada de justicia y bondad, Dios proveerá un hogar eterno para los redimidos y un entorno perfecto para la vida eterna, el amor, el gozo y el creciente conocimiento en Su presencia. Porque allí Dios mismo morará con Su pueblo, y el sufrimiento y la muerte habrán pasado. El gran conflicto habrá terminado, y el pecado no existirá más. Todas las cosas, animadas e inanimadas, declararán que Dios es amor; y Él reinará para siempre. Amén.

2 Петр. 3:13; Быт. 17:1-8; Ис. 35; Ис. 651725; Мф. 5:5; Откр. 21:1-7; Откр. 22:1-5; Откр. 11:15

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